ALFONSO GARCÍA*
Siempre he considerado el ejercicio de la política desde la perspectiva más ética del término: la disposición a obrar en la sociedad utilizando el poder público con el fin de lograr objetivos provechosos para los ciudadanos. Por eso me cuesta entender cómo algunos se empeñan en ver el poder como un fin en sí mismo, sin contemplar las consecuencias directas e indirectas que supone su ejercicio y, lo peor de todo, sin resolver problemas.
No faltan ejemplos. Hace unas semanas, paseando, como de costumbre, por los seis kilómetros de playa de Vera, no he podido evitar acordarme de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre. Y de Camus y la filosofía del absurdo al contemplar el vallado de unos 2.000 metros por orden de la Dirección General de Costas.
El propósito de Costas, notificado con apenas 24 horas de antelación, era acometer la enésima reposición de arena que evite la total desaparición de lo que aún llamamos playazo porque consistía en una franja de arena amable de más de 100 metros de anchura hasta llegar al mar.
En la mitología griega, Sísifo fue el rey de la actual Corinto. Hasta nosotros han llegado distintas versiones sobre lo que pudo haber perpetrado para enojar a Zeus. Unos le acusan de impiedad, otros de señalar en falso al padre de los dioses como autor del rapto de Egina y, finalmente, algunos le imputaron el hábito de atacar y asesinar viajeros.



Pero todos coinciden en el castigo que se le impuso: En el inframundo, el rey de Corinto fue obligado a empujar cuesta arriba, por una empinada ladera, una enorme piedra que volvía a rodar hacia abajo antes de coronar la cima, obligando a Sísifo a reemprender de nuevo una y otra vez la misma e inútil tarea.
Este mito sirvió al poeta y filósofo latino Lucrecio para señalar a los políticos que aspiran a un cargo, con la búsqueda del poder como una cosa vacía y sin sentido, semejante a rodar eternamente la roca hacia una cumbre que nunca es posible alcanzar, y al francés Albert Camus a personificar en Sísifo la parte más absurda de la vida humana.
Y mientras paseaba por la playa contemplando la enésima reposición de arena en el playazo de Vera, no he podido dejar de pensar que el Gobierno de España, todos los españoles, hemos gastado ya más en acarrear la arena que el mar engulle en cada levante de lo que costaría solucionar definitivamente el problema construyendo los espigones pendientes desde hace años y dejar de despilfarrar absurdamente el dinero de todos.
Y no puedo evitar preguntarme quién y de qué manera ha ofendido a los dioses para castigar eternamente a Vera privándonos un mes al año de gran parte de nuestra playa, reponiendo una arena que vuelve al mar pocos días después de ser extendida ¿Llegará algún día el tiempo de romper este círculo vicioso? Quiero que la próxima vez que la Dirección General de Costas cierre al baño una parte de nuestro playazo sea para empezar las obras que acaben con esta condena. Hace tiempo que llegó la hora de hacerlo, porque, si Pedro Sánchez es Sísifo, Vera no es Corinto.
*Alfonso García es alcalde de Vera.
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