La concejala de Cultura, Turismo y Patrimonio de Cuevas del Almanzora, Juana Haro, ha encabezado este lunes la representación del municipio en el homenaje celebrado en Mazarrón por el 133 aniversario de la mayor tragedia minera de la Región de Murcia. Veintiocho trabajadores perdieron la vida el 16 de febrero de 1893 en el pozo María Elena de la mina Impensada, víctimas de una bolsa de gas carbónico liberada tras la explosión de un cartucho de dinamita. Entre ellos, muchos habían nacido en esta comarca.
Los registros históricos confirman que el 42% de los fallecidos en las explotaciones mineras de Mazarrón procedían de Almería, y la mayoría eran originarios de Cuevas y Vera. Aquella mañana de febrero, decenas de familias del Levante recibieron la noticia de que sus padres, hermanos o hijos no regresarían. Habían partido en busca de sustento y encontraron la muerte a poco más de sesenta kilómetros de sus casas.
El acto central de la jornada ha sido la inauguración de un mural del artista Sbah, una obra que fija en la memoria colectiva la identidad de una comarca forjada en las profundidades. La pintura, instalada en Mazarrón, simboliza desde hoy el sacrificio compartido entre ambas orillas del límite provincial.
Durante el homenaje, Juana Haro ha subrayado la necesidad de transmitir este legado a las nuevas generaciones. «Este tipo de actos son fundamentales para mantener viva nuestra identidad y que el futuro no olvide de dónde venimos», ha señalado la edil, que ha agradecido la acogida del alcalde de Mazarrón, Ginés Campillo, y la labor de preservación de una historia común.



Esa historia común se formalizó el 28 de noviembre de 2024 con el hermanamiento oficial entre Mazarrón, Cuevas del Almanzora y Vera. Un «hermanamiento de sangre y tierra», como lo definieron entonces sus impulsores, que reconoce el vínculo tejido por aquellos hombres que cruzaron la frontera provincial arrastrando consigo apellidos, costumbres y esperanzas que aún perviven.
Las crónicas del Diario de Murcia describieron aquellos días con imágenes desoladoras: carros cargados de ataúdes recorriendo las calles, el silencio roto solo por el llanto, un vecindario entero en estado de shock. Detrás de cada víctima había una historia de emigración forzosa. Hoy, 133 años después, sus pueblos natales les devuelven, en forma de memoria, lo que la tierra de acogida les arrebató.(VEA NUESTRA PORTADA DE HOY)
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