🎙️ Informativo 17/02/2026
Excmo. Sr. ministro Óscar Puente:
No nos conocemos y antes de comenzar mi carta quiero presentarme. Soy un español viejo que hace más de una década cumplí los setenta años que, según marca el diccionario de la lengua, se precisan para ser considerado rotundamente un viejo. Soy uno más del grupo de unos cuatro millones de españoles que ha pasado de los ochenta. Concretamente estoy más cerca de los 84 que de los 83. Casi no me acuerdo de cuando era un joven atlético y fuerte para afrontar cualquier cosa y ahora siento el deterioro evidente que el paso de los años va dejando en mí.
Todos los días leo y estudio al menos un par de horas y suelo también escribir. Sigo teniendo curiosidad por muchísimas y variadas cosas en general relacionadas con la técnica, la ciencia y las relaciones sociales.
Creo que toda mi vida he vivido con la esperanza de que la sociedad española podía mejorar como sociedad y como cultura y eso me ha proporcionado cierta felicidad a lo largo de mi vida, que presentía que ese optimismo era social y ampliamente compartido. Los jóvenes españoles de varias generaciones aspiraban con ilusiones a formar una familia, tener una vivienda propia y a mejorar el entorno, las ciudades y los servicios públicos de sanidad y educación, entre otros. Sería ingrato no reconocer los frutos evidentes del recorrido con sólo compararnos con la vida de nuestros padres.
Ahora, como siempre, deseo que los españoles, por distintos que seamos, podamos vivir juntos y que no juzguemos a los que piensan de forma distinta, necesariamente como contrarios o enemigos. Desde hace algún tiempo siento que mis sensaciones, las que me transmite el medio social en que vivo, han cambiado. Noto que se ha establecido y acrecentado un cierto malestar que parece contagioso y percibo que los beneficios del crecimiento económico y la prosperidad no llegan a todos los españoles por igual.
Hace una decena de años, concretamente el 2016, se declaró el año de la posverdad por el diccionario de Oxford, y desde entonces el falso relato de los hechos, que sustituye la racionalidad por las emociones, se ha extendido como una mancha de aceite. De ahí que la manipulación la omisión y la mentira se han instalado en el relato oficial de los hechos.



Los que no conocemos idiomas hemos tenido que aprender a toda prisa el significado de palabras como mansplaining (explicar las cosas como si el que escucha fuese imbécil), astroturfing (simulación de la existencia de un movimiento ciudadano que solo obedece y está organizado por movimientos e intereses ocultos) y tenemos que celebrar la existencia de wokes, que son personas conscientes y críticas ante las injusticias sociales.
Observo que atravesamos momentos de inestabilidad y belicismo gratuito que nos impide saber lo que nos está pasando y que nos aumenta la inseguridad. En esta sociedad en que vivimos, cuesta separar la verdad de la mentira porque la distinción entre “hechos” y “relatos” no se hace desde la comprensión sino desde la “pertenencia”, y no se busca coherencia sino “identidad” intentando hacernos dudar de lo que creemos y somos. Me altera y me afecta que, consulte la fuente de información que consulte, todas me dicen que el treinta por ciento de los niños y adolescentes españoles vive por debajo del umbral de pobreza y eso revuelve las tripas del niño que fui, viviendo los tiempos de postguerra.
Palpo que las nuevas tecnologías han llegado con la fuerza de un sunami y son un presente que silenciosamente nos educa y condiciona nuestras percepciones y hábitos de vida, sin que en muchos casos seamos conscientes. La sociedad y cada uno de nosotros, ha emprendido de forma inevitable y cautelosa el camino de la emigración hacia un espacio digital e impersonal con una cultura nueva propia, que inevitablemente nos afecta y modela. Me cuesta y me produce dolor la llegada de este espacio digital que ha invadido el espacio físico y real en que tradicionalmente me he movido y habitado. Siento que en este espacio intelectual estoy sufriendo por tener que resignarme a vivir en él porque presiento que en este nuevo espacio no queda mucho lugar para la equidad y la justicia y emergen por doquier los abusos. Siento tras las primeras implantaciones de la inteligencia artificial, que estamos disfrutando de sus ventajas, pero que también sufrimos sus primeros efectos lesivos.
La inseguridad y el temor que nunca he sentido por la “invasión” de nuevas tecnologías la siento ahora. Percibo que a toda prisa están instalándose en el cerebro de este “viejo” que le escribe. Creo que son sensaciones que comparten otras personas y eso preocupa porque son los síntomas de una epidemia llamada crisis social.
Sr. Puente, ¿por qué le escribo?
El 18 de enero pasado España se conmocionó con dos accidentes ferroviarios: uno en Adamuz (Córdoba) y otro en Gélida (Barcelona), y poco después nos hemos enterado de que estas catástrofes, casi coincidentes en el tiempo, han dejado 47 víctimas mortales y más de 150 heridos.
Antes de pararme a pensar las causas y consecuencias de la tragedia, que intuyo más que conozco, el dolor y la pena me invaden porque pienso en las víctimas hijos, padres y hasta nietos que dejan a sus familiares transidos de dolor por una desaparición accidental, que con el buen obrar de alguien o quizás simplemente con que una cadena de funcionarios hubiese realizado con mayor responsabilidad su trabajo, pudieran quizás haberse evitado. Me impresiona y conmueve.
En un instante a cuarenta y siete personas se les paró el reloj de la vida y se les negó para siempre el derecho a tener alguna ilusión para un futuro que para ellos no va a existir. Nunca serán lo que eran, nada podemos hacer por ellos y sabemos que han dejado un reguero de dolor en sus familias y en sus seres queridos, que aparecerán eternamente cuando los recuerdos acudan a su mente.
El doloroso futuro traerá a su mente con demasiada frecuencia muchas preguntas sobre la racionalidad de lo sucedido y buscarán miles de explicaciones a la muerte, y no las encontrarán, porque las razones para morir son tan simples que no se pueden entender.
Me han impresionado las muertes y me solidarizo con los familiares porque sé que en esta situación necesitarán consuelo, alivio y acompañamiento que siempre será insuficiente para sobrellevar tanto dolor.
Pasados unos pocos días su diagnóstico, el diagnóstico del máximo responsable del Ministerio de Transporte y Movilidad Sostenible de mi país, ha sido que lo sucedido es un accidente “Tremendamente extraño dada la modernidad del tren y la reciente renovación de la vía en un tramo de vía compuesto por una recta y que fue renovado en mayo de 2025”. Por su parte, el presidente del Gobierno ha cogido el incensario empezando por alabarle por estar dando la cara desde el primer momento, por poner a las víctimas en el centro de la empatía y no desviándose del objetivo principal, que es responder a las víctimas y restablecer el servicio ferroviario, admirado en todo el mundo. Siguiendo su tono habitual ha apostillado: “La diferencia entre unos y otros es cómo se responde a la tragedia”. No hace falta más porque cuanto más se habla y más días pasan más se me acrecientan la rabia, el dolor y las ganas de escribir esta carta pública y abierta. No voy a hablarle, Sr. ministro, de ideologías ni de política y mucho menos comparar posturas ruines de unos y de otros, porque eso ya lo hace Ud. a diario con sus tuits y gracietas desde que hace un par de años pasó a formar parte del Gobierno de la Nación. No voy a insultarle ni pretendo faltarle al respeto.
Sólo voy a hablarle de responsabilidades y del accidente del tren. Ni siquiera voy a hablarle del caos que con las lluvias añadidas se ha montado en los transportes de este país en las semanas siguientes al luctuoso accidente.
Conocer la verdad, reparar daños y evitar más tragedias.
Sr. Puente, casi todas las desgracias podrían evitarse, pero desgraciadamente ni a nivel personal ni a nivel colectivo es posible erradicarlas. Evitarlas es una constante lucha que no puede abandonarse en ningún momento. No es una gracieta, los hombres debemos demostrar que estamos por encima del burro que tropieza dos y más veces en la misma piedra. El accidente de Adamuz, del cual hablaremos con detalle en otras entregas, es una tragedia que deberíamos evitar que se vuelva a repetir. Para evitar semejante dolor lo primero, ante todo, hay que conocer todas las causas que han incidido en el descarrilamiento, que no se pueden reducir, ni mucho menos, a la “extraña rotura de una soldadura” que unía dos railes.
Ud. Sr. Puente es el máximo responsable de un ministerio que tiene entre sus objetivos la construcción y gestión de la red ferroviaria, de seguir y controlar las inversiones y de garantizar la seguridad de las instalaciones y de los usuarios.
A Ud. y al presidente del Gobierno de la Nación que le ha nombrado, les recuerdo que la responsabilidad no se delega en otras personas de niveles más bajos en el organigrama. En ellos sí pueden delegarse y trasmitirse ciertas autorizaciones para el uso y ejercicio del poder. Las responsabilidades inherentes a un cargo son una obligación moral que se adquiere al aceptar el cargo, que obligan a reconocer y asumir las consecuencias de un mal uso de los medios puestos a disposición del cargo que se acepta y de las acciones toleradas, ordenadas e incluso omitidas en el desempeño del cargo.
Hablemos de cómo funciona el Gobierno de España ante las tragedias de los servicios públicos como el caso de Ademuz. Un par de ejemplos valen más que mil palabras.
29/10/24. La dana. El fallo de todas las instituciones del Estado.
El párrafo anterior fue el encabezamiento de un artículo firmado por mí, que apareció en Actualidad Almanzora un mes después de la tragedia. Allí están resumidos los hechos, las causas de la tragedia, el papel y las responsabilidades de las distintas administraciones, y las conclusiones que nuestra sociedad debía sacar de lo acaecido. como consecuencia de unos aguaceros torrenciales que hicieron desbordarse los cauces de los distintos barrancos y ramblas que confluyen en el rio Magro, y sobre todo en el Barranco o Rambla del Poyo. La zona afectada por las inesperadas avenidas ocupó una extensión de unos 530 km2. con más de 70 municipios y con una población residente de 1.8 millones de personas. El desbordamiento de las aguas produjo incalculables daños, pues afectó a más de 113.000 viviendas y murieron más de 220 personas. La riada arrastró a su paso más de 2.500 turismos y dejó inutilizados y cubiertos por el lodo muchos más. Los daños a carreteras y otras infraestructuras fueron incalculables y viviendas calles y plazas quedaron recubiertos por el lodo, las piedras y las cañas arrastradas por las aguas. Un mes después no habían sido recuperados los cadáveres de todos los desaparecidos de lo que se conoce ya como el mayor desastre ocurrido en nuestro país en el presente siglo.
¿Cómo reaccionó el presidente del Gobierno? “Si quieren ayuda, que lo pidan”. No había calificativos para tamaña inoperancia y desprecio hacia los que habían perdido todo y se encontraban desesperados. No hablemos de los muertos.
Un recibimiento arrojándole barro y un amago de apaleamiento fue la respuesta espontánea de un pueblo sumido en la desgracia.
¿Qué hizo el presidente? Largarse por unos días de España y acudir a la cumbre climática de Baku para decir que la DANA y los muertos eran una consecuencia del cambio climático.
(CONTINUARÁ)













