La Iglesia de San Francisco, un triste y anunciado desenlace

🎙️ Informativo 08/05/2026

*ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA

Ayer, 6 de mayo de 2026, fue un día triste, de pérdida, de frustración. Simboliza lo ocurrido esa dentellada atroz y profunda que ha descarnado la emblemática esquina entre la calle del convento y el atrio de San Francisco. Por ahí, por ese hueco informe, asoma la ruina, el deterioro galopante de un templo que arrastra las consecuencias del abandono, y su elocuente deterioro, desde hace más de medio siglo. Ahora, entre escombros, se abre la pétrea herida como un clamor de lo que se pudo hacer y no se hizo, de la desidia, el desinterés y el olvido que durante décadas lo condujeron hasta su actual destino.

Ayer fue un día desgraciado que quedará en la memoria de los cuevanos y las cuevanas por la impotencia que colectivamente nos golpeó. Padecimos esa sensación de arrebato, de usurpación de una parte de nuestro ser local, porque se ha alterado para siempre nuestro paisaje emocional, el que nos ha acompañado desde la infancia, esa perspectiva inhiesta de un campanario que, al doblar la esquina de la calle del Convento, nos contemplaba impertérrito desde su orgullosa altura. Sí, nuestro patrimonio histórico-monumental ha sufrido un golpe mortal, pero a ello se suma el que se ha perpetrado contra ese otro patrimonio inmaterial, si se quiere sentimental, que reposa en una visión compartida por nuestra comunidad desde hace más de tres siglos.

No seré yo el que ponga en duda el riesgo que suponía el ruinoso estado del campanario para la integridad de quienes a diario deambulábamos por el entorno. Tampoco discutiré la necesidad de actuar para evitar consecuencias trágicas. Ahora bien, para otorgar un poco de sentido a la debacle que se nos ha venido encima, sí he de hacerme algunas preguntas: ¿por qué se ha intervenido con tanta demora, cuando los indicios datan de hace mucho? ¿por qué se ha optado por una solución tan agresiva, tan desconsiderada hacia nuestro patrimonio? ¿se habrían podido afrontar otras actuaciones, evidentemente más costosas, pero al mismo tiempo más respetuosas con la integridad del templo?

Responder a estas cuestiones supone adentrarnos en un universo de miserias, despropósitos y desconsideraciones. El denominador común de nuestro patrimonio religioso es su abandono, hasta el extremo de que nuestra iglesia parroquial de la Encarnación estuvo a punto de correr igual suerte que hoy la de San Antonio de Padua (San Francisco); fueron las aportaciones del propio pueblo y del Ayuntamiento las que le evitaron un desenlace aciago. Por cierto, el Obispado se limitó a incumplir el convenio que había acordado con el consistorio para su restauración al no aportar los 250.000 euros que le correspondían. Y qué decir de la iglesia o ermita de San Sebastián, una joya barroca que guarda en su interior unos estucos decorativos excepcionales en la provincia de Almería, en la actualidad en un estado deplorable. A lo largo del último cuarto de siglo, a los propietarios de este patrimonio, no lo olvidemos, se le ha brindado desde los distintos gobiernos municipales que han pasado por nuestro Ayuntamiento la posibilidad de ceder, ante su lamentable estado de conservación, el templo de San Antonio de Padua e incluso el de San Sebastián para incorporarlos a planes de rehabilitación costeados con fondos públicos, propuestas que recibieron en su momento la negativa de los responsables eclesiásticos. Y mientras que, con esta actitud y su proverbial inacción, sus edificios continuaban en esa senda imparable de deterioro, sin la más mínima inversión en su reparación y conservación, desde el Obispado de Almería se dedicaron a inmatricularse un conjunto de edificios municipales como la Guardería, el Centro de Día de la Tercera Edad o el antiguo cuartel de la Guardia Civil; ya saben ustedes, aprovechándose de los privilegios que les concedió el gobierno del señor Aznar, inscribieron a su nombre estos inmuebles en el Registro de la Propiedad. Es decir, no pueden mantener su patrimonio histórico-monumental en la localidad, sometiéndolo al abandono, pero continúan incrementadolo de manera espuria, o al menos innoble y deselal, a costa de lo que es de todos los cuevanos. Loable operación.

Me reitero en la comprensión del riesgo, pero redundo en la cuestión que he planteado más arriba. Algunos técnicos consultados afirman que se podía haber optado por una solución menos radical, aunque, eso sí, más onerosa. La salvación provisional e integral de la torre-campanario habría pasado por la colocación en su interior de una especie de columna o estructura de hormigón que la hubiese mantenido erguida con seguridad hasta una intervención definitiva. Sin embargo, esto habría supuesto la inversión de unos dineros de los que como es habitual dice el obispado, su propietario, no disponer.

Lo único cierto, y no menos dramático, es que el desenlace final ha sido el más dañino que se podía imaginar, pues no olvidemos que se trataba de desmochar la torre, es decir, su parte superior y rasarla a la altura de la cornisa de su fachada. Ahora, con el colapso de la parte inferior, la situación se ha agravado. La bóveda central, muy deteriorada, amenaza con un inminente colapso que aconseja su derrumbe controlado. Y se plantea la conservación de la cúpula del crucero –esencial elemento constructivo de difícil recuperación si finalmente se hundiese- mediante la construcción de una cimbra o andamiaje que la sustente hasta una intervención definitiva sobre el edificio.

El desastre no se puede ocultar, ni maquillar, ni amortiguar por mucho que algunos lo intenten. Y no se podrá ocultar, ni maquillar, ni amortiguar por mucho tiempo, porque el comienzo de su recuperación se dilatará durante años y será ardua. Hemos perdido un elemento primordial de nuestro barroco local, nuestro desde su construcción en la primera mitad del XVIII. A partir de ahora contemplaremos un paisaje urbano alterado, destruido, mordido, que nos recordará, como si de una penitencia se tratase, lo que pudo hacerse y nunca se hizo, lo que pudo evitarse y jamás se intentó por quien debía velar por su integridad y conservación. Y estamos ante la firma de un convenio pendiente en el que la diócesis de Almería, ahora sí, nos cede, con la generosidad que la caracteriza, un buen pedazo de ruina para que el pueblo, como siempre, sea quien la redima de su prolongado ocaso.

*Enrique Fernández Bolea es cronista oficial de la ciudad de Cuevas del Almanzora.
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