PEDRO PERALES LARIOS*
Juan Llorens editó en 1859, en la imprenta barcelonesa de José Tauló, el ‘pliego de cordel’ que hemos reproducido en facsímil. Bajo ese título y un breve resumen a modo de entradilla periodística, refería el suceso en romance a dos columnas en un pliego doblado por la mitad y cosido con cuerda, formato que dio nombre a ese tipo de publicaciones tan en boga durante el siglo XIX. Pero, ¿qué había de verdad en esa noticia?
Hemos podido averiguar que, el 14 de julio de 1859, apareció en el diario La España, de Madrid, una información que, bajo el título de “Qué monstruosidad”, relataba de forma bastante parecida a como lo hace el romance la atrocidad del crimen cometido, sin especificar la fecha del suceso ni nombres de los protagonistas, de los cuales se limita a decir que los asesinos eran un gitano y su mujer, y que el crimen se había “cometido en Pulpí, anejo a la ciudad de Vera, provincia de Almería”.
Al día siguiente, 15 de julio, otro diario madrileño, El Clamor Público (Periódico del Partido Liberal), repite textualmente la información anterior, de lo que se deduce que lo copió de su colega o que ambos se sirvieron de la misma fuente.
Pero lo curioso es que, también el mismo día 15, de nuevo La España vuelve a referirse al caso, si bien esta vez con una nota mucho más breve titulada“Nosotros no fuimos inventores”. En ella leemos:
“El terrible drama que se dijo haber ocurrido en Pulpí, pueblo de la provincia de Almería, que por fortuna parece no haber resultado cierto, no fuimos a buscarlo entre añejos cuentos: lo refería un periódico de Alicante hace pocos días, y de él lo tomamos. Por lo tanto, la especie de rectificación que ha pretendido hacer una de las publicaciones autógrafas, tratando quizá de hacernos pasar por inventores de historias horripilantes, puede recogerla y pergeñarla, dirigiéndola a quien corresponda, si en ello tiene interés”.
¿Qué significa esta información? ¿Que el crimen narrado por el pliego de cordel con el título SANGRIENTO Y HORRIBLE CRIMEN, ocurrido en un cortijo próximo a Pulpí, no se produjo en realidad? ¿Que pudo ser inventado con una finalidad más o menos interesada o propagandística? Expongo unas reflexiones y que cada cual extraiga sus propias conclusiones.



Primera. El Crimen de Pulpí sucedió, a juzgar por la datación del pliego y la información de la prensa madrileña, en 1859, año del que se conservan en el Archivo Municipal de Vera –municipio al que por entonces pertenecía el actual de Pulpí– la mayor parte de los expedientes que contienen casos que fueron objeto de procedimiento criminal.
Segunda. Sabemos que las diferentes manifestaciones de la literatura popular de tradición oral generan, al ir transmitiéndose de boca a oído y de oído a boca, variantes. Esta característica se da de forma más evidente en la leyenda, se transmita en verso o en prosa. Partiendo casi siempre de un hecho real, cada transmisor añade o resta a la leyenda determinados datos e informaciones según sus intereses particulares o los de la colectividad a la que pertenece. Incluso, si es necesario, inventa sus propias leyendas. Todo depende de los objetivos que pretenda alcanzar. Lo mismo sucede con los romances.
Entre los múltiples y variados objetivos de la literatura popular de transmisión oral, encontramos la pretensión de influir sobre la colectividad que la genera con el propósito de modificar su conducta. La naturaleza de tal propósito varía en función de las circunstancias. Unas veces puede estar motivada por la intención de infundir miedo entre los receptores por muchas y diferentes razones; otras, lo que persigue es despertar o fomentar actitudes, sentimientos o emociones con respecto a costumbres, prácticas cotidianas o grupos sociales concretos, como puede ser el sentimiento de animadversión hacia determinadas etnias (no podemos soslayar en el caso que nos ocupa que los asesinos son los dos miembros de un matrimonio de etnia gitana); y otras muchas motivaciones que no voy a mencionar.
Pero hay una en la que no puedo sustraerme a la tentación de detenerme, que tiene además que ver con la historia de la propia literatura de cordel. Por poco que los interesados en la misma profundicen en su estudio, pronto advertirán que, desde sus orígenes, esta literatura ha sido objeto no solo de gran aceptación popular y de un profuso y continuado cultivo, sino también de actitudes contrarias por parte importante de las élites más cultas y clasistas, que llegaron a considerarla como una literatura de mal gusto. Como afirma el estudioso Antonio Lorenzo Vélez, para estas élites puristas sólo está justificada “una literatura aséptica encaminada a un lector preparado y culto, donde las pasiones entrarían en el campo de lo previsible por la sociedad. Frente a esta postura, la literatura de cordel ofrece una visión vitalista de la realidad donde entran en juego crímenes pasionales, venganzas horribles o arrepentimientos de empedernidos pecadores. Se la ha etiquetado como infraliteratura donde se parangona lo vulgar con el gusto popular y, aún más, como inductora de bajas pasiones y de promover la superstición en sus asiduos consumidores”.
Dicho esto, recordemos que uno de los propósitos de Cervantes al escribir su famoso Don Quijote de La Mancha no era otro que el de acabar con una literatura de moda en su tiempo considerada por él perniciosa para el lector. Y no se le ocurrió otra cosa que escribir para ello un libro de esa misma modalidad literaria con la que pretendía acabar: la de los libros de caballerías.
Después de todo lo dicho, ¿cabe preguntarse si nuestro romance, al igual que sucede con algunas leyendas, pudo ser inventado? ¿Se pretendería con él contribuir a la exacerbación del sentimiento racista contra la etnia gitana, tan denostada y perseguida en determinadas épocas de su historia? ¿Es posible que detrás de él haya un fin propagandístico contra la literatura de cordel, considerada entonces por determinadas élites como infraliteratura?
Ante tales interrogantes, procedí a buscar un documento físico concreto que ofreciera una respuesta concluyente. Para ello me dirigí al citado Archivo Municipal de Vera, donde Manuel Caparrós Perales, su director, me hizo saber que allí, entre los miles de legajos, expedientes y documentos, se custodiaban los referidos a los procesos judiciales relativos a Pulpí hasta el año 1862. El primer paso estaba dado, allí estaría el correspondiente al Crimen de Pulpí de 1859. Pero desde ese mismo instante hasta momentos antes a la redacción de estas líneas, han resultado infructuosas todas las pesquisas realizadas al respecto, incluidos el tiempo y el trabajo personal que el propio Caparrós les ha dedicado.
Sin que este intento fallido me hiciera perder la esperanza, decidí indagar en el Archivo Parroquial de Pulpí para contrastar el resultado de la anterior gestión. En este caso, fue mi amigo Pedro Jesús García Martínez, pulpileño incansable en el estudio y difusión del patrimonio, historia y cultura de su tierra, quien me prestó su generosa colaboración. Revisó una por una y sin excepción todas las inscripciones relativas a bautismos y defunciones entre los años 1850 y 1859. Sucedió lo mismo, su esfuerzo no dio el resultado que esperábamos, no encontró ni un solo indicio que pudiera demostrar de manera fehaciente que se hubiera producido el Crimen de Pulpí.
En conclusión, mientras no se encuentre un documento que demuestre la existencia real de lo que nos narra el pliego de cordel estudiado, el hasta aquí denominado Crimen de Pulpí habrá que comenzar a hacerlo preceder del adjetivo “presunto”.
*PEDRO PERALES LARIOS es filólogo, profesor jubilad de Enseñanza Secundaria. El artículo forma parte de uno más amplio publicado originalmente en la revista REAL, editada por el Instituto de Esudios Almerienses. (VEA NUESTRA PORTADA DE HOY)
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