La cara y la cruz de la ‘Cultura del Esparto’

Parva de haces. Fotografía de Adolfo Arranz, fotógrafo de la Dirección General de Turismo. Fuente: Archivos Generales del Estado,

🎙️ Informativo 30/01/2026

PEDRO PERALES*

Al igual que una moneda consta de dos caras inseparables –anverso y reverso o, simplemente, ‘cara’ y ‘cruz’–, y una hoja tiene su haz y su envés, la práctica totalidad de las realidades existentes constan también de su cara y de su cruz, de su haz y de su envés. Y esto es, como no podía ser de otra forma, lo que sucede con la ‘Cultura del Esparto’, de la que la inmensa mayoría sólo conoce lo llamativo y agradable, su cara. Pero esta cara, esta dimensión, este escaparate no existiría sin la concurrencia de la otra parte, la cruz, aquello que ha transcendido poco, que menos luce y que pocos conocemos.

Haciéndose justo eco de esta cara amable, el Consejo de Ministros declaró el 17 de abril de 2019 la ‘Cultura del Esparto’ como una de las «Manifestaciones Representativas del Patrimonio Cultural Inmaterial«, construyendo así una poderosa e importante plataforma para la puesta en valor y el conocimiento de lo que supuso la actividad surgida en torno a esta gramínea (stipa tenacissima), tan abundante en las provincias de Murcia y Almería, y tan importante en el desarrollo económico y social de nuestra comarca en particular desde antes del siglo XIX y hasta bien avanzado el XX.

En el anverso o cara amable de esta moneda de la ‘Cultura del Esparto’ encontramos multitud de tareas y objetos elaborados con este producto (unos, necesarios en el desarrollo normal de la vida cotidiana de años pasados y, otros, principalmente decorativos y más propios del romanticismo de los últimos tiempos). De esta cara amena y agradable tenemos abundante literatura y amplia información no sólo de multitud de objetos que se fabricaban con esparto, sino también de numerosas anécdotas relacionadas con él, de su uso como complemento en la albañilería y en la fabricación del mobiliario doméstico, de sus excelentes cualidades para la limpieza e higiene doméstica y personal e, incluso, de las propiedades medicinales y usos terapéuticos que del mismo se hacían tanto para personas como para animales.

En consecuencia, dedicaré el resto del espacio de esta crónica a esa otra cara no tan amable, la cruz de la ‘Cultura del Esparto’, una faceta casi anónima, sufrida en exceso y dura a veces hasta la extenuación por las exigentes y extremas circunstancias en las que tenían que desenvolverse los rudos y abnegados trabajadores que le daban vida: los recolectores de esparto, el alma, el corazón y la sangre de esta otra cara triste y sufrida, pero sin la cual no sería posible la existencia de la otra. Y nada mejor para ello que el testimonio directo y oral de uno de ellos, Pedro Arroyo Pérez ‘el Raspa’, hombre sencillo, querido y respetado por quienes lo conocen y lo tratan.

Pedro Arroyo nació en 1944 en el barrio cuevano del Realengo, el popular ‘Ralenco’, en el seno de una humilde familia numerosa de cuatro hermanos y dos hermanas, en los años más duros de la postguerra, cuando la vida era muy diferente a la de hoy para muchos, cuando no todos los días se encontraban recursos suficientes para cubrir las necesidades básicas y todos los miembros, apenas abiertos los ojos a la vida y en edad aún escolar, tenían que contribuir al sustento diario con sus aportaciones “en lo que saliera”.

Nos recuerda Pedro que “cuando llegaba la temporada del esparto, no faltaba pan, patatas, huevos y sardinas para hartarse”. Pero, “cuando no había faena a la que echar mano”, la necesidad era la compañera acuciante de su mundo. Por ello hace recuerdo y mención especial de agradecimiento a Isabel Castro Rojas ‘la Chula’, en cuya tienda “siempre nos fiaba a todos en las épocas de necesidad hasta que teníamos dinero. Si no hubiera sido por ella, se habría pasado mucha más hambre de la que se pasó. Por eso muchos tendríamos que besar por donde ella pisaba”.

De ahí que Pedro tuviera que incorporarse al mundo del trabajo muy pronto y, aunque a lo largo de su vida se dedicó a muchos trabajos, casi todos de temporada, ya con 13 años lo encontramos junto a su padre –el alto, corpulento y fornido Domingo Arroyo ‘el Carabeque’– en la dura y sacrificada tarea del esparto, arbusto que crece espontáneamente en forma de matas conocidas como atochas, de las que brotan numerosas hojas muy largas, finas y cilíndricas fuertemente arraigadas y que hay que arrancar “a base de corazón, riñones y mucho nervio”.

Para ello, los esparteros se servían de una herramienta llamada ‘cogedor’ (‘cogeor’ por estos lares), consistente en una barra cilíndrica, de metal o madera, con una perforación en uno de sus extremos a modo de coso de aguja por el que se introduce una cuerda o guita con la que se sujeta en el brazo por encima de la muñeca –protegida ésta por un trozo de tela o pañuelo para impedir las molestas rozaduras– con el fin de que ambas manos queden libres para agarrar pequeños puñados de hojas que se enrollaban con una vuelta en el ‘cogedor’. Una vez enrollados, con las dos manos agarradas a los sendos extremos de la herramienta, apoyando firmemente cual colosos los pies en el suelo como si de palancas se tratara, tiraban hacia arriba con gran esfuerzo hasta arrancarlos de raíz. Estos puñados se iban juntando en la misma mano del cogedor hasta que ésta estuviera bien llena y formara un manojo, que se ataba con dos o tres hojas a su alrededor para que no se esparciera ni se deformara, y se depositaba en el suelo. Y así, sucesivamente, se iban haciendo manojo tras manojo hasta que, a criterio del espartero, había suficientes para formar un haz, que era la unidad para transportar a lomos de bestias o a las espaldas de los propios esparteros hasta la parva o punto de pesaje.

Nos cuenta Pedro ‘el Raspa’ que, cuando él empezó ‘en esto del esparto a la edad de 13 años, mi padre –como nosotros no teníamos bestias– me cargaba un haz formado con seis o siete manojos de los que hacía él, que pesaban casi medio quintal [46 kilogramos], y él se cargaba otro de 10 ó 12 arrobas [113/136 kilogramos]”. Y ante mi asombro, ‘el Raspa’, sin solución de continuidad, responde con entusiasmo y orgullo de hijo: “Después de morir mi padre, Mateo, el guarda de la Fuente del Álamo, que pesaba el esparto en la parva que se hacía allí, me contó que una vez le pesó un haz de 16 arrobas [180 kilogramos aproximadamente]. Mi padre era un hombre muy fuerte”.

Aunque ellos arrancaban esparto en otros dos cotos –el del Cortijo de los Foulquié, en la Ballabona, y el de la Fuente del Álamo, en la parte más oriental de la sierra de Almagro–, en el que realmente se puede apreciar con más crudeza y realismo el esfuerzo y enorme sacrificio que suponía este trabajo es en el coto de la Rellana, en el centro de Almagro. Para llegar a este punto tenían que levantarse cuando aún era de noche con el propósito de estar expuestos al calor y al sol el menor número de horas posible, pues la mejor época para esta faena era el verano, especialmente los meses de julio a septiembre. Otro motivo por el que había que madrugar tanto era la distancia entre este coto y el lugar en el que se ubicaba la parva, que era donde se pesaban los haces y se apilaban para su posterior transporte hasta las fábricas. Para este coto que nos ocupa, el punto de la parva era la barriada de El Alhanchete, que distaba de él casi 10 kilómetros y con una diferencia en altura de 700 metros.

Como ya ha quedado apuntado, una vez recolectado el esparto suficiente para formar un haz y hecho éste, como si se tratase de bestias de carga, “nos lo echábamos a la espalda y lo llevábamos, parando dos o tres veces para descansar, hasta la parva” utilizando sólo veredas, senderos y trochas o campo a través, porque en la época en que estas duras faenas se realizaban no existían otras vías para el tránsito. A ello hay que añadir que tanto la recogida como la confección de los haces y su acarreo se hacían sin disponer de líquido alguno para hidratarse, ya que no tenían por entonces medio para transportarlo, “por lo que teníamos que dejar el agua para beber un poco más abajo de la mina de Los Tres Pacos y subir los 7 kilómetros que faltaban hasta la Rellana, arrancar el esparto, hacer el haz y bajarlo a la espalda sin una gota de agua”. En algunas ocasiones, a mitad de la faena o del recorrido, al que estos abnegados temporeros llamaban «lucha», les facilitaba agua Manuel ‘el de la Rufina’; ahora bien, a cambio de un manojo de esparto por cada uno de los que bebían, que él también tenía que sacar adelante a su familia.

En fin, y como decíamos al principio de la crónica, todo tiene su cara y su cruz, y la cruz de la ‘Cultura del Esparto’, lo que pocos conocen actualmente, es el mundo de sacrificio, sufrimientos y, a veces, miserias que –muy oportunamente, según mi opinión– nos ha recordado mi buen y viejo amigo Pedro Arroyo Pérez ‘el Raspa’, hombre sencillo y humilde que se siente satisfecho con su vida y de la que sólo cambiaría, si pudiera hacerlo, aquello que le brindara la oportunidad de estudiar.

*Pedro Perales es filólogo e investigador de la Historia local de Cuevas del Almanzora.

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