“La esperanza es un regalo de los dioses para que gocemos de una vida plenamente humana”

Tras cuatro décadas impartiendo Filosofía en Secundaria, Juan Parra Fortes, cuevano y discípulo de Emilio Lledó, ha publicado su primer libro, ‘El sueño de Aquiles’, compendio de las notas que ha ido recopilando durante su dilatada carrera de enseñanza

– ¿Qué ha pretendido al escribir ‘El sueño de Aquiles’?

– Fundamentalmente, dar salida a las notas que he ido guardando a lo largo de años en montones de libretas y de folios, y la ilusión de poner este conocimiento acumulado al servicio de los demás, porque el objetivo principal ha sido compartir mi relación con la filosofía, que he estudiado a lo largo de mi vida. En otras palabras, ‘El sueño de Aquiles’ es el fruto de 40 años de carrera profesional.

– El libro ha salido cuando parece observarse en los jóvenes una vuelta a la espiritualidad, como podría apuntar la película ‘Los domingos’ o el último disco de Rosalía, ¿es algo real o se trata simplemente de frutos aislados?

– Yo puedo decir que algunos jóvenes me han pedido consejo sobre libros en relación a cierta ética. Los veo preocupados por la ética, por las reflexiones sobre la ética y, especialmente, sobre los estoicos, que parecen gozar ahora de un tirón importante que me ha sorprendido notablemente, pero no tengo tan claro que estemos en condiciones de hablar de un resurgir de la espiritualidad. Habría que esperar un poco. No se puede decir que haya llegado ese momento porque Rosalía se vista con una determinada forma, muy impactante. Más que una nueva espiritualidad, podría limitarse únicamente a un ardid publicitario. Habría que ser prudente y esperar unos años a ver por dónde han ido las cosas que pueden haberse iniciado ahora.

– El subtítulo del libro es ‘sobre la inmortalidad, la memoria y la relación con los dioses’, ¿ha detectado cierto interés sobre esos asuntos?

– Cuando se es joven, son temas de segunda categoría, pero llega un momento en que se nos plantean de una manera seria. Ocurre con la búsqueda de la inmortalidad personal, individual en Europa; de ese yo al que llamamos yo. En otras culturas no se busca esa permanencia del yo, sino precisamente su desaparición, como en la tradición hindú. Hay diferentes maneras de resolver esa inmortalidad. En Occidente lo hacemos mediante la religión. Luego, la preocupación para el que cree en la inmortalidad no es si va a haber o no vida después de esta vida, sino cómo va a ser esa segunda vida, si habrá premio y castigo, lo que supone que es preciso preocuparse por el más allá. Y en cuanto a los no creyentes, otra manera de afianzarse en la inmortalidad es a través de la memoria colectiva, es decir, dejar nuestro yo, nuestra creatividad en la memoria colectiva, por ejemplo, a través de la escritura. Unamuno eligió esa forma y lo dejó claro por escrito en numerosas ocasiones. El arte es otra forma de permanecer en la inmortalidad que, desde luego, también se consigue a través de actos colectivos que tienen un impacto trascendente. Hitler ha pasado a la memoria colectiva por desgracia, pero también la madre Teresa de Calcuta, nuestra Santa Teresa y científicos que han aportado grandes descubrimientos para la humanidad.

– ¿Y entre los jóvenes? ¿ha detectado interés por la inmortalidad?

– Me alegra mucho que estén preocupados por la ética, porque les escucho hablar sobre la vida, de cómo deben comportarse y de lo que han de hacer, pero no tengo referencias de que la inmortalidad se encuentre entre sus preocupaciones más inmediatas.

– ¿Y por la existencia de Dios y su relación con él?

– Yo no planteo en mi libro la existencia de dios o de los dioses, si existieron Júpiter, Zeus, Diana o Afrodita. Lo que propongo es que, existan o no, hemos tenido una relación con ellos que va desde el temor a la esperanza, la envidia o el deseo de imitarles, de ser como ellos. De los dioses hemos deseado la inmortalidad y el poder para manejar nuestro destino. Pero una cosa es la espiritualidad y otra la práctica religiosa. Los jóvenes no llenan las misas, aunque eso no significa que den la espalda a cierta espiritualidad.

– Sobre la inmortalidad, usted señala en su libro dos formas contrapuestas de lograrla, ¿podría describirlas?

– En ‘El sueño de Aquiles’, busco la respuesta en la ‘Odisea’, que a mí me parece uno de los libros imprescindibles, por múltiples razones. Por una parte, es una aventura que la hace muy fácil de leer y atractiva para los jóvenes. Pero, por otro lado, contiene muchas enseñanzas y cuestiones sobre las que reflexionar, que después han sido tratadas a lo largo de los siglos en la literatura. No es solo la vuelta a casa de Ulises. En mi libro he destacado un pasaje conmovedor de la ‘Ilíada’, en el que la madre de Aquiles dice a su hijo: “si vas a Troya morirás, pero te recordarán por los siglos de los siglos. En cambio, si no vas, vivirás largos años, tendrás familia, vivirás con tu hijo y con tu mujer”. Es una reflexión impresionante. ¿Qué alternativa elegiríamos nosotros? A Ulises, la diosa Calypso le ofrece la inmortalidad a cambio de que se quede con ella, porque se ha enamorado de él y no quiere estar sola, pero el rey de Ítaca le responde que no quiere ser inmortal, sino volver con su mujer, Penélope, con su hijo, cuidar a su padre en la vejez y, en suma, prefiere la vida mortal de los humanos. Ésa es la gran reflexión de la ‘Odisea’, un cambio que se produce en la sociedad griega, donde pasan de una cultura cuyos valores son la guerra, el honor, el pasar a la memoria colectiva como un gran guerrero, que es lo que representa Ulises y la inmensa mayoría de los personajes de la ‘Ilíada’, como Ajax, a un mundo con otros valores completamente diferentes. La ‘Odisea’ refleja una puerta abierta a cambios que alumbrarán la democracia y el camino hacia la igualdad y la libertad, los pilares de nuestra cultura. Y lo hace desde dos paradojas. A diferencia de Aquiles, Ulises, se hizo inmortal gracias a elegir ser humano y ser mortal. Y, por otro lado, la soledad de los dioses. Aquiles ha conseguido la inmortalidad, pero también la ha logrado Ulises precisamente por haber abierto esa vía a la vida más que a la muerte. Los héroes de la ‘Ilíada’ son felices sabiendo que van a morir, pero Ulises encuentra la felicidad en vivir.

– ¿Y la soledad de los dioses?

– Una de las preguntas que planteo en este libro es ¿para qué los dioses crearon al hombre? La mitología busca la respuesta, pero también la teología. Una tesis defiende que los dioses quizá nos crearon porque necesitan compañía y una referencia a su propio poder. Es decir, que, si no tienen una referencia para compararse, no pueden valorar su grandeza. Platón escribió que, en un tiempo mitológico, los hombres se hicieron tan fuertes que el propio Zeus temió que pudieran subir al Olimpo y batallar contra los dioses, pero en lugar de exterminarlos, Zeus decidió dividirlos, porque, si los mataba se quedaba sin nadie que le dedicara sacrificios. “Yo no soy rey si no tengo reino. No soy Dios si no hay criatura”, atribuye Platón a Zeus.

– ¿Ésa decisión de Zeus es parecida a la adoptada por Dios con el castigo a los hombres que construyeron la Torre de Babel?

– Exacto. Desde pequeño se me quedó fijado el mito de la Torre de Babel, en la que todos los hombres juntos, trabajando por un bien común, construyeron esa torre simbólica y, al ver que podía llegar al cielo, Dios la paró, pero no destruyó a los hombres, optó por dividirlos a través del lenguaje, dándoles idiomas distintos para separarlos.  

– Y el libro termina con otro mito, el de Prometeo, que es precisamente una rebelión del hombre contra Zeus, es decir, contra Dios.

– Es un mito muy interesante, muy bonito, que tiene muchas versiones. En síntesis, Zeus repartió cualidades a todos los seres vivos. Hizo grandes a los elefantes, otorgó a los búhos el poder de ver de noche, a los gusanos vivir bajo tierra y, cuando quiso darse cuenta, se quedó sin nada para los hombres. Para intentar compensarlo, Prometeo robó el fuego a los dioses, un acto prohibido precisamente por Zeus. Esta prohibición también es muy interesante. Zeus la dictó porque el fuego era símbolo del dominio de la naturaleza, del poder. Si el hombre dominaba el fuego, alcanzaría un poder inmenso. De hecho, la historia de la humanidad se puede dividir en antes y después del fuego, que permitió la fundición de los metales, mejoró la vida la vida diaria de las personas al proporcionarles herramientas, cuchillos, protección contra los animales y luz por la noche, que debió ser el origen de las conversaciones largas. Alargó el día y, en resumen, prolongó el estado de vigilia del hombre y, por tanto, la actividad humana. Nos sacó de la animalidad y aportó humanidad. No existiríamos como seres humanos sin dominar del fuego. Eso es manifiesto. Igual que si no hubiéramos tenido lenguaje. Prometeo recibió un castigo terrible, que Zeus justificó, no en su propio temor a perder el poder, sino en que había entregado a los hombres otros importantes dones, como la palabra, la agricultura y, sobre todo, la esperanza. La vida del hombre sin fuego no sería humana, pero ¿y sin esperanza? ¿Tendríamos una vida humana igual sin esperanza? Bueno, pues el mito no solucionó el problema diciendo, sí, la esperanza nos la regalaron los dioses para que gocemos de una vida plenamente humana. Al menos, creo que es un colofón extraordinario para la entrevista, ¿no?  (VEA NUESTRA PORTADA DE HOY)

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